Un mundo en reconfiguración: cuando las reglas dejan de ordenar
El mundo atraviesa una reconfiguración profunda del orden internacional. No se trata solo de la acumulación de crisis —guerras, tensiones geopolíticas, crisis climática, inflación, desplazamientos forzados— sino de algo más estructural: las reglas que durante décadas organizaron la convivencia global están perdiendo fuerza, previsibilidad y legitimidad.
Vivimos en un escenario cada vez más polarizado, fragmentado y conflictivo, donde los consensos mínimos parecen erosionarse y donde la idea de un “orden basado en reglas” convive con prácticas que lo contradicen abiertamente. La sensación dominante es la de un tablero en movimiento, donde no siempre está claro cuáles son los límites, quién los define ni qué consecuencias existen cuando se los cruza.
En este contexto, el conflicto deja de ser una excepción y se convierte en el marco desde el cual se interpreta la realidad. El otro empieza a ser leído como una amenaza: un adversario político, un actor incómodo, un enemigo interno o externo. El desacuerdo pierde legitimidad y el diálogo se debilita, mientras crecen narrativas que simplifican la complejidad del mundo en bandos enfrentados.
Esta lógica atraviesa tanto la política internacional como las dinámicas internas de los países. Las grandes potencias refuerzan una mirada defensiva, centrada en la seguridad, el control y la protección de intereses propios. La estabilidad —o su promesa— se vuelve el argumento que ordena prioridades y justifica decisiones que, hasta hace no tanto, habrían generado mayores resistencias.
El resultado es un corrimiento del foco: menor compromiso con el multilateralismo, más fragmentación en la cooperación internacional y una aplicación cada vez más selectiva de normas y principios. Las reglas no desaparecen, pero dejan de funcionar como marco común y pasan a ser herramientas que se activan o se desactivan según conveniencia.
Para las organizaciones de la sociedad civil, este escenario no es abstracto. Tiene efectos concretos sobre cómo, dónde y en qué condiciones se trabaja. Aumentan las restricciones al financiamiento, el control estatal y las narrativas que cuestionan su legitimidad. Se reducen los espacios de diálogo y participación, justo cuando las crisis sociales, humanitarias y democráticas demandan respuestas más complejas y sostenidas.
Este nuevo orden —o desorden— global plantea tensiones profundas para la sociedad civil. ¿Cómo sostener agendas de derechos en entornos donde el conflicto reemplaza al diálogo? ¿Cómo construir legitimidad en sociedades atravesadas por el miedo y la desconfianza? ¿Cómo cooperar cuando el otro es percibido como un riesgo y no como un aliado?
Estamos frente a un punto de inflexión. No solo porque el contexto es más adverso, sino porque obliga a repensar el rol de la sociedad civil, sus narrativas, sus alianzas y su capacidad de reconstruir puentes en un mundo que tiende a fragmentarse. En un escenario donde las reglas dejan de ordenar, sostener lo colectivo, lo solidario y lo democrático se vuelve, más que nunca, un acto profundamente político.
Abrir estas preguntas no es un ejercicio teórico. Es parte de pensar el futuro del trabajo colectivo en un mundo que está cambiando, rápido y de forma desigual.

